LA SINFONÍA DE TU PIEL

Abandono el auditorio sin siquiera despedirme mientras los aplausos y los vítores de un público entregado aclaman mi trabajo una noche más. Antes me encantaba la sensación de euforia que me transmitían batiendo sus palmas, como si me estuvieran devolviendo parte de la energía que les entregaba en la interpretación de cada canción hasta quedarme vacío. Ahora solo siento cansancio y desidia y necesito llegar a casa antes de que la cabeza me explote.

Mi piel sigue erizándose cuando poso la vista sobre el patio de butacas, como aquella primera vez que ahora se me antoja tan lejana. No llego a distinguir ningún rostro por culpa de los focos cegadores que me iluminan sobre el escenario y que los convierte en una bruma multicolor frente a mis ojos. A pesar de que la misma sensación sigue ahí, aparece enturbiada por una ansiedad creciente cada vez que me enfrento al público y que consigo controlar a duras penas con terapia y medicación.

Las felicitaciones me llegan apagadas, como si en lugar de pertenecer a las personas que tengo alrededor provinieran de un lugar mucho más lejano, a kilómetros de este bombeo de sangre pulsátil que me golpea la sien con cada latido, como si confundiera mi cabeza con un tambor.

El aire fresco me recibe en el exterior. Su caricia sobre mi piel bañada en una película de sudor resulta mínimamente reconfortante, pero no es suficiente. Todavía estoy lejos de alcanzar la paz que anhelo. Alzo la mano para detener un taxi mientras siento la vibración del teléfono móvil en el bolsillo del pantalón. Ignoro la llamada, me da exactamente lo mismo quién se encuentre al otro lado. Tengo que escapar de aquí, de esta prisión autoimpuesta y encerrarme entre las cuatro paredes de mi casa para sentirme libre. ¡Qué irónico!

Tras varios minutos de trayecto, el vehículo se detiene frente a la entrada principal de la enorme mansión que heredé del imperio empresarial de mis padres y que me ha facilitado la vida hasta ahora, pero no todo se puede controlar con dinero. Pago la carrera con una generosa propina y, sin despedirme del chófer que me ha traído hasta aquí, me adentro en la vivienda.

El silencio me recibe como un cálido abrazo, sin embargo, enseguida se torna asfixiante y siento la necesidad de romperlo de la única forma que conozco. Asalto el minibar y me sirvo un vaso de whisky con hielo que bebo casi de trago, acompañado por dos ansiolíticos. Subo los escalones de dos en dos hasta la primera planta en donde se abre un extenso salón. Podría albergar un gran baile de salón o una fiesta llena de celebridades. Tal vez en algún tiempo anterior lo hizo, pero ahora está vacía salvo por una silla de madera que gobierna el centro de la estancia a la que acompaña un viejo chelo de pie en su soporte.

Me siento en la silla, me suelto un par de botones de la camisa y coloco el instrumento entre mis piernas. Cierro los ojos y este simple gesto me alivia. Mis manos cobran vida y empiezan a deslizarse sobre el chelo. El arco rasga las cuerdas tal vez interpretando alguna pieza conocida o quizá creando una nueva canción. Eso es lo de menos. La melodía desata la tormenta en mi interior, necesaria para que me rompa, me fragmente en mil pedazos y luego regrese la calma. 

La lluvia atraviesa las paredes de mi hogar, me cala hasta los huesos y limpia mi alma con cada nota. El nudo que me ahoga, que se cierra en torno a mi garganta y me impide respirar se va aflojando hasta que se suelta y me libera. 

Siento su llegada sin necesidad de que haga ningún ruido. Puedo imaginarme el sonido del impacto de sus zapatos de tacón sobre el suelo de mármol y el contoneo hipnótico de sus caderas con cada paso elegante que avanza en mi dirección. La melodía del chelo le da mi ubicación exacta.

Su imagen se va dibujando conforme asciende los peldaños de la escalinata. Primero solo veo su rostro dueño de una belleza angelical enmarcado en una melena suelta de color castaño. Después se perfilan sus hombros, su torso y en unos segundos, su cuerpo entero se muestra ante mis ojos.

El vestido de seda rojo se pega a sus piernas y delinea unas sugerentes curvas que me secan la garganta. Ella no dice nada. Yo tampoco. Las palabras sobran cuando la música y nuestras miradas enredadas se hablan.

Se detiene a escasos dos metros de dónde estoy, me estudia con su mirada felina y lleva las manos a la parte posterior de su cuello en donde se anuda su vestido. Suelta las dos tiras que lo mantienen sujeto y deja caer la tela. Me muestra sus pechos desnudos, perfectos y turgentes, con el pequeño brote que los corona alzándose estimulado por el tenue roce de la tela acariciándolos en su descenso. Se relame mientras sus ojos siguen entrelazados con los míos. 

Mi cuerpo despierta, se tensa y la melodía del chelo se vuelve más sensual y excitante, guiada por su provocación, como un eco de lo que siento, como si fuera una prolongación de mi ser.

Estira la mano en mi dirección, agarra el mástil y aparta el chelo. Unas palabras de protesta por su interrupción enmudecen sobre mis labios, se quedan atascadas allí y me las trago. Lo deposita sobre el suelo, con cuidado, sabe lo valioso que es para mí y lo escrupuloso que soy ante la posibilidad de arañar la madera pulida. Ocupa su lugar, sentándose a horcajadas sobre mis piernas. Se convierte así en mi instrumento y voy a crear mi mejor sinfonía con su piel.

Coloco la mano izquierda en la parte baja de su espalda, como si las cuerdas se extendieran a lo largo de su columna vertebral. Antes de comenzar mi concierto más especial, me entretengo unos segundos en inhalar su perfume. Su fragancia es como ella, misteriosa, sensual y provocativa. Una orquídea salvaje, un fruto prohibido, mi condena, mi paraíso y mi perdición. 

Los primeros acordes son suaves, delicados, las yemas de mis dedos despiertan ante la calidez que emana de su piel, la reconocen. Sus brazos me rodean el cuello, dinamitan cualquier distancia que pueda existir entre nosotros, hasta que la convierto en parte de mí. Mis manos confunden las cuerdas invisibles, se enredan entre los mechones de su pelo y recorren su espalda desnuda. Su piel sensible se estremece, vibra bajo mis caricias y su corazón palpita rebotando contra mi pecho.

La melodía va in crescendo, bailamos como dos hojas que se mecen a merced del viento. Pero, cuando alcanzo el punto álgido de mi interpretación magistral, desaparece entre mis brazos. Otra vez. Mis manos se quedan vacías, frías, igual que mi corazón. Estalla llenando mi oscuridad de una miríada de estrellas, fragmentos de cristal que se me clavan y me desangran gota a gota. Se esfuma como volutas de humo que acaban confundidas entre las notas de la canción que se silencian hasta que ya no queda nada.

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